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Tamara Rojo: «¿Tan sólo un cuerpo bonito? Eso me aburre hasta la muerte»

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Por Sarah Crompton

Tamara Rojo —la directora artística y bailarina estrella del Ballet Nacional Inglés— le cuenta a Sarah Cromptom acerca del tipo delas puestas en escena que más le agradan, de sus planes radicales para su actual compañía, y de sus frustraciones en su antiguo empleo en el Royal Ballet (Ballet Real).

«Solía dormir muy bien», cuenta Tamara Rojo con una amplia sonrisa. «Eso se acabó. Me quedo despierta preocupándome por todo tipo de cosas. Cuando el Consejo de las Artes está por anunciar sus planes de financiamiento es imposible dormir por semanas enteras».

Ella se ríe inclinándose hacia delante en su silla. Sin importar lo estresante que le resulte la combinación de sus roles como directora artística y bailarina estrella con el Ballet Nacional Inglés, la verdad es que se ve bien. Tiene 40 años, pero todavía parece tener 20, con sus pómulos perfectamente moldeados, cabello oscuro con fleco y unos ojos cafés que te ven de forma directa. Es una belleza casi fantástica, pero lo más importante son la animación y la inteligencia que transmite, como los rayos de un halo. Definitivamente irradia energía.

El caso de Rojo es inusual porque ella era la niñita que creció soñando no sólo con ser una bailarina —una ambición que cumplió de manera triunfal, convirtiéndose en una de las mejores bailarinas del mundo—, sino también en ser una directora de una compañía de danza. De manera específica, ella deseó por mucho tiempo dirigir precisamente la compañía que ahora dirige. «Amé el hecho de que estuviéramos aquí para llevar ballet de la más alta calidad a la audiencia más grande posible, sin importar los medios. Eso siempre ha permanecido en mí y estoy orgullosa de formar parte de esto».

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Después de entrenar en España, la carrera temprana de Rojo en Inglaterra empezó en el Ballet Escocés y luego en el ENB (Ballet Nacional Inglés, por sus siglas en inglés) antes de mudarse al Royal Ballet (Ballet Real) por 12 gloriosos años. Pero no es sólo la nostalgia lo que la trajo de vuelta; cuando habla de su misión de hacer que más gente ame el ballet, escuchas a la digna hija de sus padres hablando, padres que fueron activistas antifranquistas comprometidos, políticos radicales, y puedes escuchar ése espíritu revolucionario en su pasión por su arte.

«Creo que la cosa más importante acerca del arte es no sólo el presente, sino también el legado. Puedes dejar un cierto legado como bailarina, pero puedes dejar uno mucho más grande y con mayor alcance como directora. Espero inspirar a toda una nueva generación de bailarines que después se convertirán en maestros, coreógrafos y managers. Pienso que realmente se pueden transformar las actitudes, tanto del público como de los artistas, y así cultivar una forma de arte sana, productiva e interesante.»

Rojo nos cuenta todo esto con la fuerza de quien lo aprendió por su propia experiencia. Ella aprendió sobre ballet en libros, leyendo a Nijinsky y Diaghilev, y un poco de Maynard Keynes, un economista que, por su amor a la bailarina Lydia Lopokova, ayudó a establecer el arte en Gran Bretaña. Se inspiró por los grandes bailarines del pasado, como Nureyev, y por los compositores y creadores de obras como Stravinsky, Balanchine y Petipa.

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Pero su creencia ingenua en el poder radical del ballet para mover y comunicar no siempre nació de su experiencia. «Lo que he leído y lo que he vivido no necesariamente encajan», dice pensativa. «Creí que ser una bailarina significaba estar en medio de un grupo de personas creativas, siempre discutiendo el significado del arte y hacia dónde debe ir, qué es lo que deberíamos estar creando y lo que queremos para la sociedad en general, cómo nos defendemos, negociamos y luchamos por ello».

«Pero esas conversaciones muy rara vez suceden. Eso fue algo decepcionante para mí. Yo quería estar en el medio creativo y resultó que muchas veces no era más que un títere. Haces esto, vas a allá, haces aquello, en lugar de ser parte de un proceso creativo.»

Es increíble el escuchar a Rojo decir eso, ya que su danza siempre ha perecido totalmente una expresión de su voluntad, alimentada por sus propias capacidades de interpretación y su creatividad. Aunque, a pesar de su diplomacia, es claro que sus palabras se refieren a su tiempo en el Royal Ballet (Ballet Real). Ella dice que se siente ahora con más coraje artístico que antes y desea que «más directores tengan el valor de permitir a bailarines cada vez más jóvenes, y cada vez más pronto, tomen sus propias decisiones artísticas, buenas o malas».

Agony & Ecstasy: A Year With English National Ballet

¿Se sentía retenida por algo? Hace una pausa. «Desearía decir que no. Pero ésa es una cosa que admiro en Alina… ella tomó el riesgo cuando era mucho más joven que yo».

Ella habla de Alian Cojocaru, quien también dejó el Royal Ballet frustrada por las limitaciones en su carrera y que ahora baila junto con Rojo en el ENB. Todos solían asumir que eran rivales. «Creo que fue uno de esos mitos que se crean por creer que el ballet es un arte de élite», dice Rojo con una mueca. «Creo que lo que la gente no comprende es que tu mayor rival eres siempre tú mismo. Son tus propias limitaciones las que te mantienen con ganas de hacer más y hacerlo mejor».

Otro mito es el que supone que el ballet requiere sacrificar tu individualidad como bailarín. «Pienso que ese es un malentendido», dice firmemente. «Soy muy disciplinada, pero es auto-disciplina. No es una cuestión de control o de someter la personalidad de alguien más. Amo los bailarines con personalidad, entre más insólitos, mejor. Nunca me ha interesado ver sólo un cuerpo bonito que me aburra hasta la muerte».

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La creencia de que la danza no es gimnasia, sino que «se trata de comunicación y expresión» es parte de la nueva identidad que quiere forjar para el ENB. «Quiero que mis bailarines sean libres en el escenario, que se sientan lo suficientemente seguros para tomar riesgos. Los buenos bailarines hacen avanzar el arte… cometen errores maravillosos que de pronto te permiten ver los clásicos desde otra perspectiva al tiempo que inspiran a las siguientes generaciones, así se pueden sentir identificados con ese tipo de baile en lugar de sentirse ajenos a él».

Cita a bailarines quienes han cambiado las cosas: Nureyev, Fonteyn, Plisetskaya y Baryshnikov entre otros. Los bailarines que fueron invitados al ENB para la próxima temporada comparten cualidades similares en cuanto a carisma: no sólo Cojocaru, sino también la ex-estrella del Bolshoi, Ivan Vasiliev bailando el Lago de los Cisnes por primera vez, y Alban Lendorf, un bailarín principal con el Ballet Real de Dinamarca. Rojo mantiene los ojos bien abiertos para encontrar el talento de todo el mundo, lo que ha resultado en la contratación de Precios Adams, un joven bailarín entrenado en Bolshoi que brilló en el concurso de Lausana, y Alejandro Virelles, un bailarín principal con el Ballet de Boston.

El staff técnico de entrenamiento que ha formado Rojo —de por sí ya fuerte—ha sido reforzado por la llegada de Irek Mukhamedov, también un bailarín principal del Royal Ballet. Todo esto es parte de su campaña para transformar el ENB, que también incluye la introducción de un nuevo régimen de entrenamiento para ayudar a los bailarines a evitar lesiones ante un calendario de gira muy demandante, que implica unas 90 presentaciones en tres meses. «Quiero tratar el estado físico de los bailarines de una forma más científica, como lo hacen los atletas Olímpicos, algo que para el ballet tradicional es difícil de entender».

Hay una sensación de urgencia en todo lo que Rojo está tratando de lograr y se transmite en su conversación. «Soy muy mala esperando, quiero hacerlo todo», dice riendo otra vez. Pero no puede esperar por mucho tiempo en cualquier caso. Ha sido designada como directora artística por sólo cinco años, y dos años ya han pasado. Se enfrenta a un atasco de la financiación en el Consejo de las Artes y problemas estructurales, tales como la necesidad de encontrar una base de operaciones diferente: la sede actual del ENB en Kensington es elegante pero sólo cuenta con dos estudios y un gimnasio improvisado en un área que Rojo describe como «algo salido de la Torre de Londres».

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Mucho de lo que ella está buscando hacer es transformar el repertorio de la compañía. Seguirán interpretando clásicos como el Lago de los Cisnes, que son una tradición, pero Rojo está decidida a ampliar la variedad. «Tenemos que invertir en un nuevo repertorio porque eso representa la identidad de la compañía tanto como la de los artistas».

Ha tenido un buen comienzo, deslumbrando con la nueva producción de «Le Corsaire» y «Lest We Forget» un proyecto triple de trabajos nuevos en recuerdo de la Primera Guerra Mundial. Ambos fueron recibidas con entusiasmo por la crítica, aunque a «Le Corsaire» le tomó tiempo conseguir una audiencia considerable, y también «Lest We Forget», que presentó a Liam Scarlett, Russell Maliphant y Akram Khan, que apesar de haber inaugurado en el Barbican no se ha visto en ciertas regiones.

Rojo promete que será representado en dichas regiones. «Creo que el arte subsidiado existe para que podamos tomar apuestas. Por supuesto, la subvención no es suficiente para todas las apuestas que me gustaría tomar con esta compañía y aquí es donde viene la dificultad. ¿Cómo cuadras el círculo?»

Una respuesta es involucrar más apoyo filantrópico y Rojo está comprometida en ello. La compañía está dando también un tour internacional, que genera dinero, en lugar de un tour nacional que hace perderlo. Pero dice con tristeza: «Es difícil crear un nuevo arte. Vivimos en una sociedad muy conservadora».

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Aunque saber eso no la detiene. Su nueva temporada contiene otra decisión bastante audaz: un triple proyecto de William Forsythe, Jiri Kilian, y John Neumier, todos coreógrafos que han expandido los límites del ballet. Pero Rojo confía en que conquistará al público. Su esperanza es establecer el ENB con tal fuerza que la gente quiera venir a ver lo que sea que bailen. «No hay que subestimar a dónde vamos. Es un gran salto, en los últimos dos años estuvimos impulsando y avanzando nuestra técnica, tanto de forma artística como estilística».

Dice esto con algo de orgullo. Se puede ver que es una jefa formidable, accesible, impulsada por exactamente el tipo de ambición artística que la convirtió en una bailarina rigurosa en la técnica y extraordinaria en la emoción. Ella también se ha convertido en una activista para la danza, invirtiendo su tiempo en los niveles más altos del gobierno para ayudar a convencerlos de su valor. Ministros de Cultura y Cancilleres están la escuchan.

«Soy una negociadora apasionada de las artes», dice riendo otra vez. «Es raro, porque como bailarina era mala pidiendo lo que necesitaba. Pero como directora, no me da pena pedir lo que creo que es justo para las artes y el ENB».

 

Traducción de Daffne Giselle Bórquez Camarena.

CROMPTON, Sarah (6 octubre 2014). Tamara Rojo: «¿Tan sólo un cuerpo bonito? Eso me aburre hasta la muerte». Recuperada el 26 de noviembre de 2015 del portal de Internet «Telegraph»: http://www.telegraph.co.uk/culture/theatre/dance/11137955/Tamara-Rojo-Just-a-beautiful-body-That-bores-me-to-death.html

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