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La danza atravesó la ciudad

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El festival de danza en espacios urbanos, que organiza el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, llegó con su formato conocido y algunas novedades.

La 9ª edición de Ciudanza –un festival de danza en espacios urbanos que organiza el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires- llegó con su formato conocido y algunas novedades. Fueron como siempre tres locaciones y muy diferentes: el Parque Indoamericano en Villa Soldati, la plaza Houssay en la zona de la Facultad de Medicina y el Instituto Bernasconi en Parque Patricios. Volvieron a hacerse los talleres de montaje, es decir tres coreógrafos invitados que montaron obras ad-hoc, y dos novedades: eventos con participación del público y talleres para toda la familia. Brenda Angiel, directora de Ciudanza, viene aportando un conocimiento muy eficaz y una real inventiva para renovar el festival cada año sin modificar su finalidad básica: la danza al encuentro de la gente en lugares de la ciudad inesperados. El público –el espontáneo y el que busca intencionalmente el festival- creció de una manera exponencial y no es poco mérito que al Parque Indoamericano concurriera mucha gente de la zona.

Ante una programación enorme, es inevitable concentrarse en una locación, en este caso el bellísimo edificio del Instituto Bernasconi. El programa allí, como suele ocurrir, mostró lo valioso que da de sí Ciudanza y también planteó algo recurrente: que aunque cada obra tiene que estar pensada como algo único para un lugar único, esta condición no siempre se cumple. Pero esto sucede para bien y para mal: una pieza estrenada antes en un escenario, puede resplandecer en el espacio nuevo; otra concebida especialmente para esa locación no siempre logra colocarse a la altura del lugar.

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En una sucinta enumeración, el programa comenzó en las escalinatas del Bernasconi con el taller de montaje de Josefina Gorostiza: elenco femenino numeroso y tónica pop ya un poco gastada. “La siesta de un fauno”, de Mariela Ruggieri, se ubicó en el inmenso patio del Bernasconi; una buena idea –evocar el poema de Mallarmé, la obra de Debussy y la pieza de danza de Nijinsky- que no terminó de cuajar por la vastedad del lugar y un texto dicho en vivo con poca precisión. En la platea del teatro del Bernasconi se vio la obra de Andrea Saltiel, “Instrucciones”, (bailarines que improvisaban sobre palabras sugeridas por los espectadores por celular) con momentos atractivos y otros algo confusos. En el mismo hall del primer piso se vio primero un hermoso solo de Gustavo Lesgart sobre música de Chopin, poderoso y lúdico al mismo tiempo, lúdico en el sentido que parecía expresar el goce vital de la danza, nada más y nada menos. Y luego escenas de “Noche de ronda”, de Oscar Araiz con el Grupo de danza de la UNSAM, el universo del bolero hecho deliciosamente con retratos algo irónicos pero también afectuosos.

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